Columna de Opinión. 2020, ¿el año perdido de la educación chilena?

Es válido plantear nuevas interrogantes como ¿por qué no hubo iniciativas para mejorar la conectividad y acceso a tecnología de las familias rezagadas durante la pandemia?, ¿por qué no hubo acompañamiento o apoyo a las y los docentes para “mejorar” la calidad de la formación que ahora se cuestiona?, ¿dónde están las mejoras en infraestructura para las escuelas que, tarde o temprano, volverán a recibir a nuestras niñas, niños y jóvenes en sus aulas? Hablemos entonces del valioso tiempo perdido para la educación chilena, pero en cuanto a impulsar las mejoras y cambios que se necesitan.

 

Con objetivo de promover el retorno a clases presenciales en marzo, las autoridades han adelantado la fecha de vacunación Covid-19 para profesores en Chile. La noticia fue bien recibida por la comunidad docente en general, pero un aspecto del comunicado emitido por la Presidencia de la República el 12 de febrero llamó fuertemente la atención. En el documento se estipulaba que la medida era adoptada con objetivo de “recuperar el tiempo perdido y asegurarles a todos nuestros niños y todos nuestros jóvenes la educación de calidad que tanto necesitan y tanto merecen”. Al respecto, es interesante preguntarnos ¿cuál es, en realidad, el tiempo perdido que debemos recuperar?, ¿hasta qué punto la pandemia ha sido responsable de la falta de calidad de la educación recibida por nuestro estudiantado durante 2020? Por una parte, es sabido que muchas escuelas y docentes hicieron inmensurables esfuerzos por continuar con las clases durante la pandemia, principalmente en modalidad virtual. Para ello fue necesario que las instituciones, familias y los propios docentes se esforzaran en contar con mejor conectividad, acceso a computadores e incluso a capacitaciones para mejorar el dominio de herramientas digitales, con inversión de su propio presupuesto en la gran mayoría de los casos.

 

Sin embargo, también hubo un gran grupo de estudiantes que tuvo dificultades para dar continuidad a su educación con el formato a distancia, por no contar con las condiciones mínimas necesarias para conectarse desde sus hogares. Ya sea por falta de espacio, equipamiento o de conexión a internet, sin duda la pandemia dejó en evidencia la gran desigualdad de condiciones en la cual se están formando miles de niñas, niños y jóvenes en nuestro país. Pero ¿hasta qué punto esta situación debería sorprendernos en realidad? Desde finales de la década de los 80, el patrón de crecimiento de nuestra economía como país se ha caracterizado por una alta y persistente distribución desigual de los ingresos. El ingreso familiar ha estado a su vez directamente relacionado con los resultados académicos obtenidos por estudiantes en pruebas estandarizadas como PSU y SIMCE, generando una marcada segregación escolar.

 
Por otro lado, un estudio realizado por Criteria, en 2020, reveló que en segmentos de menores ingresos sólo un 38% de las familias tiene un computador, versus el 93% de los hogares de mayores ingresos. Si a eso agregamos que sólo el 24,2% de las familias en los niveles socioeconómicos más bajos (D y E) tienen acceso a conexión pagada de internet (según la encuesta de acceso y usos de internet de la Subsecretaría de Telecomunicaciones, de 2017), es claro que la continuidad de estudios a distancia para muchos estudiantes resultaba imposible.
 
Ahora, después de un año de dificultades, donde las escuelas cerraron por motivos de seguridad y prevención en el marco de una pandemia, cabe preguntarse ¿por qué el retorno a clases presenciales se considera la solución al problema de la desigualdad en la formación recibida por nuestros estudiantes? Es cierto que muchos escolares quedaron rezagados en sus estudios por los antecedentes antes expuestos, pero también es cierto que en el mismo periodo nuestras autoridades tuvieron la oportunidad de hacer algo respecto.
 
Cabe señalar que, si bien hubo esfuerzos durante 2020 relacionados con la priorización de contenidos y con la creación de recursos educativos para fortalecer la plataforma “Aprendo en línea” o para TV Educa, por ejemplo, estas iniciativas no abordan el problema de la desigualdad en el acceso a la conectividad. Al respecto, una alternativa interesante es el programa “Yo elijo mi PC», que desde 2009 promueve reducir la brecha digital entregando un computador portátil y plan de internet inalámbrico por un año a estudiantes de colegios públicos y particulares subvencionados. Sin embargo, sólo pueden acceder al beneficio quienes estén cursando 7° básico, y cumpliendo con los requisitos de pertenecer al 40% más vulnerable de la población (de acuerdo al Registro Social de Hogares del Ministerio de Desarrollo Social) y de haber obtenido un promedio de notas en cursos anteriores mayor a 5,9. Estas restricciones implican que la cobertura y alcance de la iniciativa sea menor. Por otra parte, al ser concebido como una beca o beneficio subsidiario, no se ha realizado seguimiento a los beneficiarios para poder determinar con certeza el real impacto que ha tenido su implementación tanto en rendimiento escolar como en disminución de la brecha digital en los últimos 10 años.
 
Con vista en los antecedentes, es válido plantear nuevas interrogantes como ¿por qué no hubo iniciativas para mejorar la conectividad y acceso a tecnología de las familias rezagadas durante la pandemia?, ¿por qué no hubo acompañamiento o apoyo a las y los docentes para “mejorar” la calidad de la formación que ahora se cuestiona?, ¿dónde están las mejoras en infraestructura para las escuelas que, tarde o temprano, volverán a recibir a nuestras niñas, niños y jóvenes en sus aulas? Hablemos entonces del valioso tiempo perdido para la educación chilena, pero en cuanto a impulsar las mejoras y cambios que se necesitan. No podemos menospreciar el gran esfuerzo de estudiantes, familias, docentes y escuelas que en conjunto buscaron alternativas para adaptar los procesos de enseñanza y aprendizaje al contexto de emergencia. En este esfuerzo colectivo difícilmente hubo pérdidas, y me parece que fueron mucho mayores las ganancias obtenidas con la experiencia. Sólo falta que dicho esfuerzo sea valorado y reconocido.
 

Carla Hernández Silva

Doctora en Didáctica de la Matemática y las Ciencias Experimentales. Académica de la Universidad de Santiago de Chile.

 

Artículo original en El Desconcierto